Hace años los Monty Python ya demostraron, en una de sus más célebres películas, que los dioses debían de estar locos. Aquello no dejaba de ser una dura crítica social a un mundo consumista, en el que el refresco burbujeante de marras copaba las vallas publicitarias, los valores del American way of life más extridente se extendían por los cinco continentes, y la tradición de pueblos milenarios se veía masacrada por unas inmensas excavadoras para las que esa misma tradición merecía una buena y gigantesca lápida de cemento. Vamos, que les importaba un testículo aviar –o aviario, que es lo correcto–.
Pero aquellos dioses, sumidos en una locura casi infantil, observaban lo que en este mundo más terrenal –para algunos incluso infernal– hacían esas criaturas bípedas y malpensantes que eran los seres humanos. Hoy las tornas han cambiado; los dioses ya no son los locos, el hombre juega a ser dios, y la locura se impone a la razón en un mundo maduro y despiadado. Hoy es imposible no dejar escapar una lágrima de rabia, de impotencia, cuando el hombre, que ya ha pasado la pubertad de su existencia, se empeña en que las llagas de los dioses sangren una y otra vez cometiendo atrocidades en su nombre; y si los dioses se quedan sin sangre, que sean los humanos los que revienten, los que lloren de dolor ante la perdida descarnada de un ser querido, los que paguen el billete que a estos psicópatas les garantiza un vuelo más directo al reino de los cielos, por una autopista vestida de, por ejemplo, los cincuenta y siete cadáveres de hombres, mujeres y niños cuya única sinrazón para morir en tierras jordanas fue estar en el lugar menos adecuado, y en un momento inoportuno…
Jordania fue la cuna de una de las civilizaciones más fascinantes del pasado, la nabatea, cuya sensibilidad por el arte y amor al prójimo hicieron de la misma un ejemplo de convivencia y tolerancia con otros pueblos; hoy, Jordania es una nueva fosa común abierta a golpe de metralla, y mientras el resto de la humanidad padece ante tanto sufrimiento, unos pocos se congratulan, esos mismos que nos avergüenzan como especie; esos mismos que sonríen cuando observan su “magna obra”; esos mismos que esbozan una mueca de contrariedad cuando el niño de siete años que aparece en pantalla ha sobrevivido, eso sí, con una máscara que no impide que se desborden sus lágrimas y con la pierna izquierda destrozada; no podrá volver a correr con sus amigos. Su vida ya está marcada. En suma esos mismos que consagran a esta mujer embozada en negro como a una mártir, porque ha sido detenida; porque su fardo de muerte no ha obtenido el resultado ansiado. Pero es igual; ya ha ganado el cielo…
Jamás los dioses, ni los cuerdos ni los locos, se han atrevido a tanto. Y todo para justificar su pasaporte al ya citado reino de los cielos. Pues por mi parte que se vayan al infierno, que eso sí que se lo han ganado a pulso. Pues eso; homo homini diaboli…