Recientemente han sido elegidas, por suscripción popular –a través de páginas web, mensajes sms, etc– las nuevas Siete Maravillas del Mundo. Nuestra majestuosa Alhambra ha quedado fuera, no porque no atesore méritos más que sobrados, que por algo es una pieza única en su género; es que, sin desvirtuar a las recién electas, es difícil competir con los 174 millones de habitantes de Brasil –su Cristo redentor de Río es una de las elegidas–, los 1.027 millones de la India –el Taj Mahal ya es nueva maravilla–, o los 1.300 de China –la Gran Muralla también lo es–.
Independientemente de la polémica que se ha suscitado, qué duda cabe que cada una de estas joyas merecen ser destacadas y protegidas, porque en ellas han quedado impresos, como una pátina imborrable, los conocimientos y la propia historia de los pueblos que las levantaron. Y aún así, pese a contar con sus monumentales presencias y con los saberes que encierran, apenas si tenemos noción de quiénes fueron y cuáles los logros de las culturas que habitaron el planeta hace tan sólo cinco siglos. Y es que, sirva de ejemplo, ¿cuál fue la función de Machu Picchu –otra de las elegidas–, la imponente ciudad erigida en mitad de la montaña peruana? ¿O por qué pueblos que jamás confluyeron decidieron levantar a los cielos estructuras piramidales, cuya función aún desconocemos? Y ya que estamos, ¿qué llevó a los habitantes de una isla perdida en mitad del Pacífico a realizar de manera desenfrenada miles de colosales cabezas esculpidas en la piedra para situarlas en los márgenes de los acantilados, mirando al infinito mar, desde dónde afirmaban venían los dioses…? Son muchas las cuestiones que surgen al echar un simple vistazo al pasado, y pocas las respuestas; muchas las coincidencias, y apenas existentes las explicaciones. Y es que si, un ejemplo más, les dijera que en ese mismo pasado hubo un pueblo que se lanzó a un éxodo delirante en busca de la “tierra prometida”, pues a ellos y a nadie más el mismo Dios les dio la categoría de “elegidos”; que caminaron durante años sin aparente orden ni concierto, enfrentándose a todos los que se encontraban en el camino, y que cuatro de sus más ilustres miembros portaron un arcón, en cuyo interior guardaban un objeto gracias al cual entraban en contacto directo con la divinidad, seguro que ya saben de quiénes les hablo. Pero, si además añadimos al relato que una vez alcanzaron su “tierra prometida”, pese a las fatigas y sufrimientos padecidos, iniciaron a toda prisa la construcción de un templo magnífico para venerar a ese puñetero Dios que les había tenido dando vueltas durante décadas, no creo que haga falta añadir más. Pensarán en el pueblo hebreo… y se equivocarán, porque, inexplicable “coincidencia”, fueron otros los que también protagonizaron tamaña epopeya, aquellos a los que el dios Huitzilopochtli hizo que cambiaran su anterior nombre, el de aztecas, por el de mexicas. Como ven, apenas si sabemos nada…
Son muchas las incógnitas que surgen al mirar atrás, porque no todo está escrito; mucho menos lo que se refiere a la propia historia, trazada a toscas –y a veces grotescas– pinceladas. Así, este mes, amén de muchos y sugerentes temas de investigación, les ofrecemos un extenso reportaje con algunas de estas maravillas, y otras que podrían formar parte de una lista más extensa; vestigios de un pasado en el que hombre y magia fueron de la mano; magia que por cierto sigue presente.
Lorenzo Fernández Bueno