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Hemeroteca :: 01/12/2007
Enrique de Vicente
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¿Es una mera operación de marketing divulgar el manuscrito vaticano que absolvía a los templarios cuando se cumplen 7 siglos de su supresión? ¿Acaso esta reivindicación del Temple como una Orden católica, acusada injustamente, no intenta exorcizar el interés que aún despiertan y que muchos atribuyen a su aureola mágica y herética, de la que pretenden desproveerles muchos historiadores? Éstos sostienen que la leyenda templaria –carente de base histórica– fue forjada por ocultistas del Renacimiento y proclamada por masones alemanes, quienes elaboraron los «grados de venganza» masónicos que –según los primeros conspiranoicos– habrían desembocado en una Revolución Francesa que atacó a los sucesores de quienes condenaron al Temple.
Estoy convencido de que existió un esoterismo templario que fue conservado por algunos de los herederos del Temple, desde organizaciones iniciáticas secretas como los Fedeli d’Amore y la Fede Santa, acaudilladas por Dante, hasta las fundadas por algunos de los templarios que apoyaron al independentista escocés Robert Bruce y cuyos sucesores convergieron con el movimiento rosacruz y dieron lugar a la Masonería escocesa. Pero también de que los templarios fueron sólo un importante eslabón en la cadena áurea de una tradición esotérica que hoy sigue viva, bajo distintos ropajes.
Como buen amante de las coincidencias, tomo conciencia de que escribo estas líneas en un martes y 13, versión hispana del viernes 13 considerado maléfico en otros muchos países. Aunque se piensa que ésta es una superstición moderna, resulta curioso que los templarios fueran arrestados un viernes 13; exactamente 610 años antes de que el Sol danzara sobre Fátima, aldea cuyo nombre se atribuye a una princesa musulmana llamada como la única hija de Mahoma, y rebautizada como Oureana (la Dorada, como el Sol) tras casarse con un caballero, en unas tierras de donde nunca fueron expulsados los templarios, cuya fundación creo formaba parte de un plan, propulsado por San Bernardo y por miembros de algunas familias bien precisas, para promover una transformación psico-socio-cultural basada en la «reinstauración» del Principio Femenino, cuyo aspecto más evidente era el culto a Nuestra Señora, a la que estaban consagrados tanto el Temple como las catedrales cuya construcción apoyaron.
Enrique de Vicente

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