Dedicamos nuestra portada a la amenaza de la mal llamada gripe aviar porque la vemos como una muestra inmediata de otras epidemias que ensombrecen nuestro futuro próximo y como la antepenúltima conmoción del inconsciente colectivo. Precedida por los huracanes centroamericanos y seguida por las protestas de los jóvenes inmigrantes que incendiaron Francia, estos y otros sucesos nos inquietan profundamente por el mismo motivo que un vecinito me gritaba angustiado en la tarde del 11-S: «¡dime que eso no va a pasar aquí!». Ese temor profundo es sólo una de las causas que nos impiden preguntarnos con la necesaria constancia: ¿qué está pasando en el mundo? y ¿hacia dónde vamos?
Por el contrario, tendemos a ver como hechos aislados este tipo de sucesos, lo cual les priva de la significación alarmante que tienen cuando los observamos como un conjunto.
El alarmismo catastrofista es contraproducente. Pero la denuncia de que se nos ocultan informaciones vitales acerca de lo que está sucediendo, nos permite tomar conciencia del importante proceso en el que estamos inmersos y actuar en consecuencia.
Esa denuncia parece cada día más estéril e incómoda, porque estamos profundamente dormidos. Y ahora más que antes. El mérito lo tienen la televisión, los móviles, la radio, Internet, sometiéndonos a un bombardeo informativo y electromagnético permanente, al que se suman otras influencias mucho más perturbadoras, aunque menos definibles, desde las intensas radiaciones solares y cósmicas de las que hablamos en este número hasta las tecnologías secretas de manipulación colectiva.
Por un lado, tanta información como recibimos cada día nos hace olvidar aquélla que tanto nos impactó hace una semana, y además nos permite tener la cabecita siempre bien ocupada. ¡Cuanta menos reflexión mejor!, y toda la que hagamos que sea bien sensata, en los límites que nos marca el Sistema, pero nunca fuera de esta realidad virtual y engañosa en la que vivimos atrapados.
Por otra parte, si ustedes creen que la telepatía es una capacidad psíquica, que opera de forma tan frecuente como inconsciente, podrán hacerse una idea de la alteración mental y emocional que nos puede estar provocando esa densa red de emisores y receptores de ondas electromagnéticas que nos rodea por todas partes, así como la agitación emocional y mental de los humanos que nos circundan. Si también creen –como sostienen las tradiciones sagradas de todo el planeta– que, además de nuestro cuerpo físico, contamos con otras envolturas sutiles (llámeselas aura, cuerpo etérico o mental) que muchos investigadores han logrado detectar que se comportan como campos electromagnéticos, aunque mucho menos potentes que los de nuestro cerebro, se harán una idea de la forma en que éstos pueden verse afectados por la multitud de fuentes perturbadoras a las que nos vemos sometidos...
Si aceptamos una visión de las cosas parecida a esta, seguramente lo mejor que podríamos hacer por nosotros mismos, por los demás y por el mundo es intentar escapar al círculo vicioso de la contaminación psíquica, procurando situarnos en una «frecuencia» emocional y mental superior a aquella en la que se mueven esta multitud de ondas perturbadoras, una frecuencia en la que primen la positividad, la alegría y el bienestar. Seguros de que cambiar nuestro estado interior es el primer paso para transformar eficazmente el mundo.
Enrique de Vicente